Las sociedades europeas, caracterizadas por unos índices de envejecimiento cada vez más altos, están prestando especial atención a las nuevas realidades que se derivan del aumento del número de las personas mayores que las forman. El estado del bienestar y la calidad de vida de nuestros países van a estar condicionados por el grado de compromiso y cumplimiento que seamos capaces de asumir en torno al principio de la solidaridad inter-generacional. Por otra parte, el incremento de nuestra esperanza de vida, la mejora del estado de salud de las personas mayores y los cambios culturales y de mentalidad, han extendido y generalizado el concepto de envejecimiento activo.

Todo programa de envejecimiento activo debe incluir, por definición, espacios efectivos de convivencia inter-generacional, que concreten y desarrollen la inclusión, la participación y la aportación de las personas mayores en contextos abiertos y heterogéneos. Nos encontramos ante el reto de ir promoviendo estos escenarios en el que los mayores y otros grupos de edad, especialmente los jóvenes y los adolescentes, compartan su espacio y su tiempo. Una nueva perspectiva que transforme en cotidiano y normal el encuentro de individuos y grupos de distintas edades, con el horizonte puesto en la creación de verdaderos “centros inter-generacionales”.

"Tablas para la vida" es un proyecto orientado a crear espacios de encuentro entre los adolescentes y jóvenes de un centro de secundaria y los mayores. En concreto entre el I.E.S. "Jaranda" y el Centro residencial de mayores ServiMayor, ambos ubicados en la comarca de la Vera, en el nordeste de Cáceres (Extremadura/España). Juntos creamos distintos escenarios para la convivencia intergeneracional, desarrollando diversas actividades conjuntas, en las que participan los alumnos del Centro y los residentes, tanto los válidos como los asistidos, estos más numerosos.

domingo, 29 de enero de 2017

Emociones en sociedad: la vergüenza.


Una nueva emoción en el programa trigeneracional.

Mascota de la vergüenza. Figura zoomórfica del cuadro de Vasily Kandinsky "Blue Sky".
 
Taller de elaboración de máscaras con la silueta de la mascota.
      El pasado 9 de enero, después del período de vacaciones escolares, reanudamos nuestros encuentros trigeneracionales, enfocados hacia el aprendizaje emocional de niños, adolescentes y mayores. En esta ocasión, la sesión se centró en la vergüenza, una de las emociones sociales que tienen un amplio espacio de experiencias y vivencias en niños y jóvenes y que, en las personas mayores, pierde buena parte de su lugar en su mundo emocional. Y es que buena parte de nuestro proceso de integración y de adaptación a la sociedad viene marcado por la vergüenza. La asunción de normas y el progresivo desempeño de distintos roles a medida que vamos creciendo, implican la representación de actitudes y posiciones acordes con los nuevos papeles que vamos asumiendo, que debemos cumplir según los criterios establecidos. Esto supone una constante y obligada superación de exigencias sociales, auténticos retos que nos plantean ciertos niveles de presión para  cumplir con nuestras expectativas y las de los demás. Es en este contexto en el que la vergüenza resulta adaptativa, poniéndonos en alerta ante situaciones en las que debemos obrar de manera adecuada, de acuerdo con determinados formalismos y con los niveles precisos y necesarios de autoexigencia y de esfuerzo. Resulta imprescincible para satisfacer nuestra necesidad de pertenencia e identificación, así como para favorecer nuestra integración en el grupo, ocupando el lugar que creemos preciso disponer.

      La vergüenza resulta también necesaria para rectificar y corregir, cuando no actuamos correctamente en determinadas situaciones de nuestro periplo vital. Es necesario tomar conciencia de cuándo uno no ha estado a la altura o ha errado en su modo de actuar. Los incumplimientos y aun el daño que uno ha podido provocar en los otros exige una toma de conciencia del mal causado y de los motivos y las condiciones que lo han provocado. El avergonzarse ante determinados comportamientos es una exigencia emocional de la que no podemos ni debemos prescindir, valorando el error como una forma de aprendizaje y la empatía como un medio de percibir lo que nuestras acciones pueden generar en los demás. La culpa, el sentirse culpable por algo que uno ha hecho, puede considerarse como una resultante de la vergüenza, la forma más exigente, también más dramática, de concebir los errores propios y los males ajenos.

      Pero hemos de evitar que la vergüenza impida el que nos mostremos como realmente nos vemos a nosotros mismos, que nos limite o dificulte el ser auténticos con nuestra manera de ser y de actuar, siempre y cuando nuestra conducta no atente o afecte a los sentimientos de los demás. La vergüenza no puede atenazarnos ni someternos a las exigencias de los convencional ni a los dictados del formalismo y de la moral. Tampoco podemos caer en los excesos de la auto-exigencia ni a los cánones de la perfección, que pueden generarnos serios problemas asociados a la inseguridad, la insatisfacción permanente y hasta la frustración. La vergüenza no puede convertirse en una obstáculo para nuestras aspiraciones personales, una traba para nuestra realización personal ni un impedimento para nuestra vida diaria. Hemos de aprender a regular la vergüenza y saber controlar sus causas y sus efectos. Un proceso que llevamos a cabo a lo largo de nuestra vida y que, llegada cierta edad, solemos tener más que lograda. Por eso es raro encontrar entre nuestros adultos mayores vestigios de esa vergüenza que tan presente tenían cuando eran más jóvenes. Pero hay que tener cuidado y precaverse ante la tentación de pensar que la vergüenza no es más que un lastre del que hay que desprenderse cuanto antes. Una cosa es aprender a enfrentarse a la vida templando nuestras vergüenzas y otra muy distinta el afanarse en convertirse en un sinvergüenza.



 

 

















 





















lunes, 26 de diciembre de 2016

Y llegó la tristeza..., nuestra segunda emoción.

El programa de convivencia "trigeneracional" continúa su actividad centrada en las emociones. La tristeza nos acompaña en el adiós al 2016.

Mascota de la tristeza. Figura zoomórfica del cuadro Blue Sky, de Vasili Kandinski.



      El 12 de diciembre tuvimos nuestra última sesión en ServiMayor de este año, 2016, en el que hemos puesto en acción, primero como experiencia piloto y como proyecto estructurado en este curso escolar, el nuevo programa de convivencia "trigeneracional". Un plan que está diseñado para que los alumnos de 3º de ESO, que actúan como generación bisagra entre niños y mayores, desarrollen una intensa propuesta de aprendizaje en torno al mundo de las emociones. También el que los niños del centro de educación infantil La Casita, que tienen entre dos y tres años de edad, centren en el ámbito de las emociones gran parte de sus actividades formativas y que empiecen a identificar los estados de ánimo que experimentan, tanto en ellos mismos como en los demás, y las situaciones que los provocan. Los mayores de ServiMayor nos acompañan en este viaje en torno al mundo de las emociones, participando con nosotros en los talleres y actividades que llevamos a cabo en nuestros encuentros y haciéndose cómplices de las iniciativas que desarrollamos.


     Después de la alegría ha sido el turno de la tristeza, su opuesto, que hemos hecho coincidir con el final del año. Hemos recogido, como hicimos con la alegría, la expresión gráfica de esta emoción, fotografiando a niños, adolescentes y mayores con sus caras tristes. En los niños de manera espontánea, aprovechando esos instantes de obcecación y frustración que tienden a expresar con  facilidad y frecuencia en sus experiencias diarias, que afortunadamente resultan breves y pasajeros. Los alumnos del Instituto se han fotografiado ellos mismos en actitudes y gestos simulados, más bien fingidos, algunos muy veraces y convincentes, otros algo más impostados y sobreactuados. En cuanto a los mayores, muchas de sus fotografías han sido tomadas de manera improvisada, retratando unos rostros que durante buena parte del día muestran de manera natural un cierto poso de tristeza. Con las fotografías de unos y otros hemos elaborado el "árbol de la tristeza", una estructura ligera y móvil que pretendía simular a esos atrapadores de sueños que asociamos a la cultura de los indios americanos. 


      Aprovechamos esta sesión para experimentar con una nueva herramienta de estimulación, el Flipi-Flux, un juego de geometría cinética que ofrece un espacio de acción para los movimientos compartidos de manos y brazos, que acompaña el manejo del artefacto con sugerentes efectos sensoriales y con una sorprendente belleza plástica y visual. Una actividad colaborativa y lúdica que ayuda al desarrollo de la atención y de la concentración, que favorece la expresividad corporal y potencia la motricidad de niños y mayores. Renata ha sido la que nos ha iniciado en su manejo y nos ha mostrado sus posibilidades, facilitándonos recursos y medios para superar las dificultades de movilidad de los mayores.

      El "árbol de la tristeza" va a pasar las Navidades en ServiMayor, esperando que actúe como un auténtico ahuyentador de tristezas y atrape entre sus ramas los excesos de esta emoción, cuando el estar triste ya no cumple con su función adaptativa y evita el expresar otros sentimientos positivos. Y ojalá para este próximo año todos consigamos estar tristes solo cuando lo necesitemos y que, ya puestos, la tristeza se haga muy poco necesaria, lo más prescindible posible.






domingo, 11 de diciembre de 2016

Alegría, segunda parte.

Continuamos con los talleres de las emociones en el programa "Trigeneracional"

La asamblea al comienzo de la sesión: una rutina imprescindible para facilitar la adaptación de los niños al nuevo espacio.
Fieles al calendario, el pasado 28 de noviembre tuvimos nuestra segunda sesión con las tres generaciones del programa "Trigeneracional" -niños de entre 2 y 3 años del Centro de educación infantil La Casita, alumnos de 3º de ESO del IES Jaranda y los residentes de ServiMayor-, continuando con la "Alegría", la primera de las emociones que hemos puesto en acción. El esquema de trabajo siguió las mismas rutinas, imprescindibles cuando trabajamos con los niños, continuando con las actividades que habíamos iniciado en la anterior sesión. En esta ocasión nos dedicamos a las situaciones, actividades y cosas que nos hacen estar alegres. Vamos observando cómo van naturalizando y normalizando, unos y otros, los encuentros y la presencia en la residencia y el trato con personas hasta hace poco desconocidas y que ahora, cada quince días, se convierten en eventuales "compañeros de clase". Aún es pronto para que niños y jóvenes hagan suyo este nuevo territorio, que acabarán colonizando, pero las relaciones entre unos y otros resultan cada vez más constantes e intensas. Los alumnos del Instituto todavía están haciéndose a su condición de mentores de los niños y se ven obligados a dedicar demasiado tiempo y energía en ejercer el cuidado y el control. Menos mal que las personas mayores ayudan en esta tarea y consiguen tranquilizar a los pequeños más inquietos. Aún nos queda una larga travesía por este mundo de emociones y experiencias.